El lado B de Leonard Cohen (el escritor)

Se lo recordó poco como el autor de dos interesantes ficciones.
Son más las fotos de Leonard Cohen con máquina de escribir que las de Bob Dylan. De los dos cantautores –la palabra no termina de perder su piel de ridiculez– fue Cohen el que nació con la ambición de ser escritor. Con ese fin, el canadiense cambió el frío de su país por la niebla de Londres, de clima más literario. No es que al lado de Thomas Pynchon –para quedarnos en otro alucinado surgido en los años 60– alguno de los dos lo mereciera, pero la muerte de Cohen poco después de elogiar al último Premio Nobel de Literatura –“es como condecorar al Everest”– dejó un aire enrarecido.

Cohen editó su primer disco un año después de haber impreso su última novela. Dejó de ser narrador para ser poeta (no se consideraba ni músico ni cantante y admitía, en broma, que Lorca le arruinó la vida). Claro que no pocos están agradecidos de que haya dejado la escritura de novelas para hacer posible la escritura de canciones como “Famous Blue Raincoat”, “Sisters of Mercy” o “If It Be Your Will”. Sus letras son más que eficientes como tales, pero en general no ejercitan la soltura que sí proponen sus dos novelas. Como el salto que debe dar el músico entre lo que oye en la cabeza y lo que oirá otro en una grabación, el escritor oye un rumor previo, que generalmente no se traduce con exactitud en la página, y está claro que aunque dejó de redactar ficción Cohen siguió oyendo esos rumores toda su vida y supo traducirlos a canciones.

Si la genialidad llama poco más de dos veces –en fin, tiene al menos dos discos casi perfectos, Various Positions y I’m Your Man–, Cohen tuvo la fortuna de poseer genialidad en la voz, que en la superficie empata los desniveles entre sus composiciones. Su devoción tardía por la disciplina del zen acaso obedeció a un intento por dejar de oír esos susurros –esas solicitudes–, abandonar la escritura al modo de una victoria sobre la monomanía de la creación. Sus novelas perduran casi irónicamente, como la obra de un doble, allí antes y después de la carrera que lo volvió célebre.

Publicada en 1963, El juego favorito refiere las relaciones amorosas y los asuntos familiares de un joven de los años 60. Novela de iniciación sobre un canadiense de origen judío –su carrera universitaria, sus experimentos con la hipnosis, sus primeros trabajos, su nueva vida en Nueva York–, prima en ella una observación social y religiosa a menudo sobresaliente, de parte de un narrador llamado Lawrence Breavman. El juego favorito es una novela que aproxima mucho más y mejor al Cohen escritor y cantante que Hermosos perdedores, y no sólo porque sea marcadamente autobiográfica y ofrezca disquisiciones sobre componer y cantar.

La época (un concierto de Pete Seeger basta para poner fechas) está pacientemente retratada y los diálogos, emparentados con Salinger y Hemingway (entre la novela deliberadamente joven y la efectividad), dictan el ritmo, que jamás decae. El juego favorito ofrece, no obstante, más descripción –de las dignas y honradas– que en cualquiera de los otros dos autores. El lector se cruza, también, con singulares recuerdos de infancia, como el comienzo de clases en que un niño entra a una librería a comprar los útiles que ese año va a estrenar.

El estilo de Cohen es equivalente al de no pocas de sus canciones: elipsis de una frase a la siguiente, de un capítulo a otro. A propósito, los capítulos son breves y ágiles, y hay un aire de austeridad general más que bienvenida en quien acaba de llegar a la última página de su otra novela, Hermosos perdedores, y de inmediato quisiera embarcarse en esta. El juego favorito es más auténticamente poética, más lúcida, mejor compuesta que Hermosos perdedores.

Se sospecha rápida y ridículamente de quien sabe hacer más de una cosa bien. Pero se puede afirmar sin temor que Leonard Cohen consiguió escribir sino una gran, al menos una excelente novela americana. Como novela de iniciación y pintura de un joven artista, la obra es destacable. Las carreras literaria –es curioso notar la desesperación de Canadá por hallar un nuevo Keats– y romántica de Lawrence Breavman están decorosamente calibradas.

Si El juego favorito hubiera sido publicada por un joven escritor argentino, digamos, no es improbable que se convirtiera en un éxito de crítica inmediato. Hermosos perdedores habrá sido un libro de culto en ciertos ambientes pero como ficción esta primera novela de Cohen es superior. Un detalle subrayable: el título alude a un juego en que alguien toma a otro de los brazos, lo hace girar hasta que el otro se desprende y cae en la nieve. Debe quedar rígido en la posición que cayó y gana quien consigue dejar en la nieve la figura más cómica o inesperada.

Novela experimental acerca de un triángulo amoroso, sus lances sexuales y su obsesión por una santa del siglo diecisiete, Hermosos perdedores es más sofisticada, y a la vez más difusa, ardua y lenta que El juego favorito. Sin embargo fue favorecida por el público de los años 60 y convertida, como quedó dicho, en un libro de culto, no importa si fallido. Publicada en 1966, tres años más tarde que su primera ficción, se tradujo al castellano no mucho después. (Fue reeditada, con nueva traducción de Laura Wittner). Se trata de una novela menos realista, más vaporosa que la otra (en cuanto a la posibilidad de mantener en la cabeza una imagen clara del libro mientras se avanza en la lectura). En apariencia está más trabajada, y es ostensiblemente más literaria que El juego favorito, pero esta resulta, paradójicamente, mejor literatura.

Los capítulos alternan entre la vida del narrador, su mujer Edith y su alucinado amigo F., últimos miembros de una presunta tribu, hipnotizados por la vida de Catherine Tekakwitha, una santa Mohawk, cuya vida se va deshilvanando con el correr de las páginas. La religión no es novedad entre los temas de Leonard Cohen pero la novela lleva este interés a una suerte de fiebre teológica. Hay floridas reflexiones espirituales (creíbles) y el narrador se dirige al lector en no pocos pasajes. (El Cohen cantante también mira a cámara, por decirlo así, en algunas de sus canciones). Hermosos perdedores puede leerse como una fantasía religiosa (y fantasía connota, también, raptos de exacerbada sexualidad) no exenta de arrebatos de delirio histórico. Es más lo que el lector aprende de esta santa que lo que se interna en la vida actual de los personajes. (La santa fue tratada en otra novela, de William Vollmann; aunque a lo que recuerda esta novela de Cohen es a una posterior ficción de M. John Harrison, El curso del corazón, de otra dimensión y resonancia).

De todos modos, Cohen logra contrastar la América capitalista de esos años con el clima religioso de cuatro siglos antes, y es llamativo comprobar cómo un judío nacido en Canadá se ve tan fecundamente atraído por el imaginario católico de sus conciudadanos. Más allá del entusiasmo bíblico del libro y de su prosa encendida, Cohen no olvida del todo su escepticismo y su distancia imperturbable, que años más tarde lo llevarían a la práctica del budismo zen. (No olvidemos, por nuestra cuenta, que Hermosos perdedores fue escrita durante el lapso que Cohen vivió en la entonces sosegada isla de Hydra, en Grecia. Su colega Bob Dylan, que durante esos años prefirió el exilio de algunas sustancias, publicó entonces Tarántula, narración cubista, más surrealista y alborotada, desvergonzadamente ilegible).

Cohen describió Hermosos perdedores como una serie de “riffs de jazz, bromas de arte pop, kitsch religioso y plegarias sofocadas”. Los riesgos que asume, la presunción de ficción “inspirada”, le dan un aire de manuscrito, aunque Cohen nunca pierde el control del todo y es cierto que no se tiene la impresión de estar leyendo algo poco corregido o mal terminado. El primero y el último párrafos delatan lo deliberado, lo artificioso de la operación. Es una novela acaso excesiva, en parte poderosa, y en el camino el lector consigue juntar algunas perlas entre innumerables migajas dispersas. Extrañamente, ecos de Hermosos perdedores parecen oírse en los coros de “Who By Fire”, y en las coristas exigidas de otras canciones de este mujeriego ascético.

Un músico puede ocultar cómo genera un sonido, pero un escritor no tiene manera de ocultar cómo arma una frase porque la frase queda impresa en la página, aunque es cierto que el camino hasta la frase permanece desconocido y misterioso, a menudo hasta para el propio escritor. Leonard Cohen ya desapareció de la escena y no dejó, respecto de los enigmas de sus artes, ninguna revelación que no sean las mismas obras, que remiten unas a otras como en el juego de la búsqueda del tesoro.

Safor Press

Periódico Digital plural, libre. Defensor de los derechos humanos y fundamentales. Director: Ricardo Sánchez

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