La soledad del cuidador por Katia Bañuls

Hay una figura en el campo de la psicología, que tiene gran importancia, pero que pasa muy inadvertida para las personas de a pie, y a la que hoy quiero dedicar unas palabras, la persona cuidadora.
En la mayoría de familias, hay una persona que cumple este rol, con mayor o menor acierto, pero la característica común de este perfil es la paciencia infinita que desarrollan para cumplir con su trabajo y, desgraciadamente, al final de los días de la vida de la persona enferma, a la que con tanto mimo cuidaba, así como la gran soledad que les queda tras toda una vida de amor y cuidados.
La infancia no es igual cuando en tu casa hay un familiar con una grave patología, que no puede llevar a cabo una vida normal, y que se ve frustrada en momentos que parecen pequeños e insignificantes en la vida adulta, pero que no lo son en absoluto en nuestros primeros años, como la celebración de un cumpleaños, unas navidades o incluso, la cena para celebrar que la graduación en la universidad, que son, al fin y al cabo, cosas muy importantes, que sí celebran como toca los demás.
Quiero destacar a los cuidadores en estas líneas, figura tan necesaria en estos tiempos que vivimos, diciendo que me produce tristeza ver el modo en que la labor de esas personas pasa desapercibida, a pesar de que , en su día a día, hacen tantas cosas buenas, y sin darse cuenta, cuando la persona a la que cuidaban con amor y dedicación, finalmente, fallece o deja de necesitar sus cuidados, esa figura queda en el olvido, y las secuelas psicológicas son tremendas, suficientes para que hoy sean mi motivo de reflexión del día.

 

Una gran cantidad de consultas profesionales arrastran, tras palabras de tristeza y depresión, signos de haber sido una persona cuidadora, que ha perdido su rol en la vida, que no encuentra el motivo por el que levantarse cuando empieza un nuevo día, con lo que ello supone, porque su motivo era, ni más ni menos, que ser útil, ser la compañía para la persona cuidada.

 
No todo el mundo tiene la capacidad de ponerse al servicio de otro/a, con sus malos días, con sus malos modos, y por ello, admiro profundamente a estos seres increíbles, que hacen que los demás tengamos la oportunidad de no pasar por ello, pero no por eso no debemos valorar su trabajo.

 
Igual que se quiere premiar, y muy acertadamente, las labores que se realizan en el hogar doméstico, también es merecido un reconocimiento a estos grandes hombres y grandes mujeres que hacen la vida de alguien, con pequeños actos, simplemente, un poco más fácil.

 
Si un día no tienen ganas de levantarse de la cama, lo hacen igualmente, porque otra persona los necesita por encima de su propio bienestar, y si un día tienen faena la dejan aparcada para cubrir las necesidades del otro, sin pararse a respirar ni un minuto, 24 horas al día, y a la mañana siguiente, vuelta a empezar.

 
Es, sin duda, un trabajo no remunerado, que nadie agradece, que nadie visualiza, que nadie admira.

 
Y llegada la soledad, por la pérdida tras la enfermedad no superada de la persona a la que con tanto amor cuidaron, nadie tiene diez minutos para que pueda desahogarse, con lo que solamente les queda la tristeza, que nadie consuela.
Quiero, con estas palabras, buscar la forma de llegar a la gente que lea estas líneas, para que, si tienen esta figura cerca, la valoren como se merece, pero que, además, cuando su trabajo como tal haya finalizado, tengan unos minutos, para que se les pregunte como se sienten, para que se les escuche, y se les dé el lugar que merecen en el mundo, pues, sin ellos/as, sin duda, la rutina no sería igual de fácil para el resto de los mortales.

 
En el hospital, en los centros en que hay voluntariados, en la familia, siempre conocemos a alguna persona que ha dedicado o sigue dedicando su vida al cuidado de un ser querido, y siempre hay una ocasión para darle las gracias, para brindarle un café, un hombro en el que llorar, o una buena charla, seguro que les bastará.

 
Por un momento, seamos conscientes de la importancia que tienen en nuestra sociedad, y tratemos a las personas buenas como realmente se merecen.

 
¡Qué la persona que lo merezca, tenga el reconocimiento que se merece, aunque sea por una sola vez!

KATYA BAÑULS. Psicóloga

  Catiasofiabb@gmail.com                    

Safor Press

Periódico Digital plural, libre y defensor de los derechos humanos y fundamentales. Director: Ricardo Sánchez

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