EL SENDERO DE LA MUERTE QUE LLEGA A EUROPA

Ventimiglia, frontera de Italia y Francia, vuelve a ser el cuello de botella del éxodo de miles de migrantes atrapados durante semanas que arriesgan la vida cruzando por la montaña

 

 

Don Rito, sacerdote colombiano y titular de la pequeña parroquia de San Antonio, lo recuerda perfectamente. La iglesia alojó a 1.000 personas durante semanas. Dormían y comían como podían, pero a nadie le faltó lo mínimo. “Todo este patio estaba lleno”, dice señalando la cancha de fútbol donde ahora juega un grupo de menores. Desde entonces, este lugar se ha convertido en un refugio para jóvenes, familias y mujeres en tránsito. Pueden dormir, comer y recibir asistencia médica. Un milagro con más gastos que recursos. Pero a muchos feligreses locales no les gusta nada y han cambiado de iglesia. “Les parecía una herejía tener a centenares de musulmanes correteando por ahí. Pero sabe, no es un problema de la inmigración. El problema es que ellos no son verdaderos cristianos”, concluye Don Rito mientras los voluntarios preparan la comida del día.

 
Los chicos aparecen solos en mitad de la noche con el último tren procedente de Milán. A veces duermen en la estación esperando al primero de la mañana hacia Niza. Otras caminan hasta la Iglesia con los pies ensangrentados o llenos de ampollas. El año pasado llegaron 28.500 menores no acompañados a Italia. En Ventimiglia, cada vez hay más y los passeurs, normalmente hombres magrebíes que intentan hacer negocio con ellos, les cobran hasta 300 euros por llevarlos al otro lado de la frontera.

 

Ibrahim tiene 16 años, la cara de niño y los dedos, con los que juega con su teléfono, de hombre. Salió de Guinea Conarky hace un año y pasó por Malí, Burkina Faso, Níger y Libia, donde todos cuentan que han matado, violado o atacado a compañeros. Ahí subió a una barcaza de goma, muerto de miedo, con otras 150 personas y se encomendó a Dios. “Es que sé nadar”, desliza en francés. Nadie murió ese día. Pero tras algún centro de internamiento y un viaje a través de Italia, terminó atrapado en Ventimiglia, donde ha intentado varias veces pasar a Francia. Lo mismo que su amigo Otmene, un sudanés de solo 15 años que huyó de Darfur con 10 y terminó sin motivo en una cárcel libia. “Tuve que pagar 1.500 euros para que me dejaran salir. Me los mandó un amigo, pero luego estuve trabajando. Me estafaron y me robaron. Y al final conseguí otros 700 euros más para subir a una patera”. Le rescató una ONG y le llevaron a Cerdeña, donde terminó marchándose de la casa de acogida.
En el pueblo hay gente de Sudán, Chad, Guinea, Eritrea, Sierra Leona… Por la parroquia han pasado ya 82 nacionalidades distintas. Y entre los vecinos hay un incipiente rechazo, orquestado por la xenófoba Liga Norte, que hace pocos días montó una protesta encadenándose en un paso a nivel. Pero hay otros lugares, como el bar de Delia Buonomo, que se han convertido en centros de reunión. Un local que ha reformado su negocio y buscado productos a precios justos. Aquí, las mujeres y los niños no pagan. Detrás del mostrador, se presta el servicio más preciado: una enorme plataforma para cargar decenas de móviles a la vez. En la puerta del local, donde a menudo acude la policía para pedir la documentación, ha pegado varios artículos de la Constitución. “Es para recordarle a la gente que en Italia es ilegal ser racista”, dice Buonomo.
Pero en Ventimiglia también es ilegal dar de comer a los inmigrantes. O, al menos, hacerlo en la calle. El joven alcalde del pueblo (32 años), Enrico Ioculano (Partido Democrático, PD) quiso poner fin a los campamentos espontáneos de ayuda a los inmigrantes regulando la posibilidad de darles comida por la calle. Generaban suciedad, caos y rechazo vecinal, cuenta. Desmantelados aquellos lugares e instalados ya el campo de la Cruz Roja y el servicio de Don Rito, sin embargo, la ordenanza sigue vigente y acaban de ser multadas varias personas. Él se defiende, y mantiene que hay que regular el equilibrio entre la inmigración y la gente del pueblo.

 

A las 23.00 se cierran las puertas de la parroquia. También las del campamento de la Cruz Roja. Muchos duermen fuera y otros, simplemente, no regresan a su camastro e intentan cruzar a Francia. La mayoría vuelve por la mañana, casi siempre un poco más desmoralizada. Alguna vez se les ha escapado pensarlo y se lo han dicho a Alessandra, una de las voluntarias que se ha dejado la vida en los últimos dos años en la parroquia de Don Rito. De haber sabido que esto era Europa, suspiran, quizá se hubieran quedado en casa. (Fuente: El País)

Safor Press

Periódico Digital plural, libre y defensor de los derechos humanos y fundamentales. Director: Ricardo Sánchez

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