Cada semana 20 progenitores valencianos denuncian maltratos de sus hijos. Insultos, noches sin aparecer y forcejeos con sus familiares son ya el pasado de Iván. Lleva 17 meses en un centro de menores. «Quería salirme con la mía. Ahora borraría esa parte de mi vida, me avergüenzo»
Esfuerzo. No te escondas. Convive. Alegría. La mejor red social es una mesa llena de gente. Murales, fotos, lemas luminosos y mensajes de positividad lucen en las paredes del centro de menores del Cabanyal. Es uno de los dos únicos existentes en la Comunitat especializados en el cumplimiento de medidas judiciales impuestas a menores que maltratan a sus padres. Entre esos muros Juan e Iván se dan un severo abrazo. Un abrazo sincero y rotundo mientras se preguntan ‘¿qué tal?’, ‘¿te veo bien?’ y cosas parecidas a las que se dirían dos amigos. Juan tiene 55 años e Iván, 17, pero en realidad no son estrictamente dos amigos. Ni siquiera se llaman Juan e Iván.
Se cambian sus nombres para proteger su identidad. Juan e Iván son padre e hijo. Y viendo sus abrazos, como el padre frota cariñoso la cabeza de su hijo, cuesta creer que las mismas dos personas protagonizarán el día a día que ocurría hace poco más de dos años. Aquel rosario de insultos, discusiones, portazos, forcejeos, «una noche, y otra, y otra, pasarla entera dando vueltas por la calle buscándolo, porque no venía a dormir». Aquel infierno que acabó con Juan denunciando a su hijo y con el joven internado en un centro de menores. Allí lleva ya 17 meses. Y allí baja la cabeza cuando escucha a su padre, sentado al lado en una mesa, relatar todo lo que él hacía. «No me reconozco. Y me pongo tenso. Es una parte de mi vida que querría borrar. Creía que mi padre era mi enemigo. Buscaba hacer todo lo que le doliera. Lo único que yo quería era salirme con la mía. Hoy querría borrar esa parte de mi pasado. Me avergüenzo. Ahora sé que mi padre no es mi enemigo, qué va. Es el pilar de mi vida».
Juan e Iván son los protagonistas de uno de los 1.056 casos de violencia filioparental que cada año se producen en la Comunitat, según un estudio de la Fundación Amigó. La estadística cifra en unos 4.000 los episodios de este tipo en España. Uno de cada cuatro tienen lugar en la Comunitat. Veinte denuncias a la semana por maltrato de hijos sobre sus padres u otros familiares directos. La Fundación Amigó es la encargada del día a día del centro del Cabanyal, establecimiento público dependiente de la Conselleria de Igualdad y Políticas Inclusivas. María José Ridaura, la directora, es su ‘alma mater’. Psicóloga, amiga y casi madre de los chavales antes que responsable del centro. «Me encanta estar con ellos», dice un día a las seis de la tarde. Su horario es de ocho a tres…
Ella constata cómo, en los últimos 12 años, los casos no han dejado de crecer. El informe fija incrementos de hasta el 400% en algunos periodos. Juan no entiende de cifras. Sólo sabe que con 12 años, su hijo empezó a cambiar. Aquel niño adoptado al que el pequeño empresario sacó adelante solo, después de que su mujer falleciera fruto de una enfermedad cuando el niño tenía tres años, se transformó al pasar a Secundaria. El cambio de instituto lo golpeó. «El sistema educativo junta en centros a chavales de 12 o 13 años con hombretones de 17 y 18 años, y muchos acaban manipulados, mal influenciados». Iván empezó a consumir porros. Faltaba a clase. Pedía continuamente dinero a su padre. La primera denuncia llegó con 15 años. Su tía abuela lo cuidaba en casa tras castigarlo su padre por llegar tarde (o no llegar) una y otra vez tras salir con sus amigos. Él quería marcharse. Forcejeó con su tía para quitarle las llaves. La tiró al suelo. La segunda denuncia llegó a la espera de juicio por este episodio. Se ‘peló’ el colegio. Fue a casa de su tía a pedirle dinero. Le quitó las llaves de la empresa a su padre para quedarse en su oficina. Otra vez forcejeó, esta vez con su padre. E Iván acabó aquella noche trasladado por la Guardia Civil al centro de menores.
«Es muy duro, durísimo», suspira Juan. Se refiere al instante de la denuncia. Recuerda los cuatro meses que pasaron sin verse, con Iván ya internado, tratando de que su hijo reaccionara. «Cada semana sin verlo es horrible. Al final lo haces por él, ves que la denuncia y el centro es el único camino para ayudarle. Ahora bendigo el día que entró», reflexiona el progenitor.
Único centro sin vigilantes
María José Ridaura los observa embelesada. «Me encanta su caso, cómo se quieren y cómo lo han superado». Su ejemplo es el del binomio perfecto del camino que se sigue en el centro del Cabanyal. «Los chavales están perdidos y hay que ayudarles, pero es fundamental trabajar también con las familias, que vengan a la escuela de padres. El maltrato es una conducta aprendida y que se puede desaprender». Es la forma de la experta de explicar qué hay tras la agresividad. «El 95% de los chavales toman drogas, pero esa no es la causa, aunque ayuda a la agresividad, porque les desinhibe». Ellos quieren unas zapatillas, dinero para salir, el último videojuego. O quizás la atención de sus padres. O como vía de desahogo si están sufriendo acoso en el colegio. O como manera de tomar el control sobre sus progenitores. «Los padres piensan: si le doy el dinero, o lo que sea, no irá a más, y lo único que están haciendo es reforzar una conducta negativa», resume acertadamente Ridaura. Y reitera la importancia de que en un problema que es cosa de dos partes (hijos y padres), ambas pongan empeño en solucionarlo: «La medida judicial se impone a los hijos, no a los padres, pero es vital la participación y el aprendizaje de los padres». Dos puertas con sendas verjas custodian el acceso al centro del Cabanyal. Uno llega pensando que entra en una cárcel. Hasta que por los pasillos ve a chavales que caminan oyendo música con auriculares. Educadores que palmean a los jóvenes cuando se cruzan. Menores que salen fuera a hacer deporte. La puerta del despacho de la directora abierta de par en par. Risas entre el personal mientras padre e hijo se hacen fotos. Ni una puerta cerrada con llave. Ni rastro de guardias jurados. Fuera estigmas sociales. «Es el único centro de menores de España sin vigilantes», subraya la directora.
«¡Me voy con mi padre!», bromea Iván mientras camina hacia la calle con el brazo de su progenitor sobre los hombros durante la foto que ilustra el centro de estas dos páginas. El horizonte de su salida está cerca. En junio volverá a la vida normal, aunque ya pasa con sus padres fines de semana y vacaciones. Está a punto de acabar 4º de Eso. «Y se va a graduar, ya lo creo», apostilla la directora. «Está sacando buenas notas por primera vez en su vida», refuerza Juan. El chaval tiene miedo. Inseguridad. «Sé que me voy a sentir extraño. Aquí te reconducen si coges un mal camino. Fuera…». Pero sus dudas se disipan cuando enumera los muchos planes que ya ha hecho. «Planeado con mi padre». Trabajar en verano en su empresa. Quizás sacar un dinerillo extra los fines de semana en algún restaurante. Aprobar el carné de conducir. Sacarse el Grado de Administración y Dirección de Empresas. Un futuro con el que olvidar su pasado.
En el centro del Cabanyal hay 24 chavales internados. Chicos y chicas. Ni en autores del maltrato ni en víctimas hablamos de una violencia de género. «No sólo hay víctimas entre las madres, también entre los padres», apunta Ridaura. Entre las paredes del hogar de los menores condenados se les enseña a entender sus emociones, hablan de qué personas les importan, sobre cómo plantear su futuro, qué borrarían de su pasado. «Hace poco acabamos siete u ocho chicos abrazados y llorando. Contando uno y otro nuestras historias, terminamos emocionados», rememora Iván.
«¿Qué le dirías a un chaval que hoy maltrate a sus padres para que deje de hacerlo?», es la pregunta de este diario al joven. Iván suspira. Se queda paralizado. Se frota la cara. «Uf… Es que es muy complicado… Hasta que no lo ves, no escuchas nada. Pero le diría que así hunde su futuro. Que las personas a las que hace daño no son sus enemigos. Es muy duro que te denuncien, pero hasta que no lo hacen, no te das cuenta. Cuando yo vi que podía perder a mi padre reaccioné». Y los dos se vuelven a fundir en un abrazo. (Fuente: Las Provincias)


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