El otro día me dice un adolescente en una de mis charlas por los institutos que de qué manera va a hacer caso a sus padres, si cuando les pide consejo ni siquiera lo escuchan, y cuando le castigan con quitarle el teléfono están enviando un mensaje, leyendo un correo y no sé cuántas cosas más, todas ellas sin mirarle ni a la cara.
En frecuentes ocasiones he visto lo importante que llega a ser que los padres hagan bien su trabajo para que podamos hablar de niños educados, responsables y con valores, y me cuesta mucho trabajo rebatir este tipo de comentarios, ya que mi opinión coincide totalmente, y aunque me cueste admitirlo, con las palabras del chico que inspiró este artículo.
Han pasado a la historia los castigos restrictivos, pero entre eso y el pasotismo total del que me hablan con frecuencia cuando doy mis charlas con alumnado, me da que pensar y espero que, con estas líneas, alguien se dé por aludido/a, y mejore la situación que estoy describiendo.
Tenemos a nuestra disposición, en nuestras manos, el futuro de esos adolescentes en estado de ebullición, que en la mayoría de casos pecan de quejicas, pero en este caso les tengo que dar la razón, porque lo he visto hasta en directo.
Se les dice que aprendan a comportarse, que dejen de abusar de los videojuegos, que consuman menos telebasura y comida del mismo tipo, y se les castiga desconectando el wifi de casa o pidiéndoles que dejen los teléfonos si no se portan como toca, pero no les damos el mejor ejemplo que podemos, estoy segura de ello.
Somos todos, en mayor o menor medida, adictos a las redes sociales, a las páginas más absurdas del Facebook o a recibir elogios y me gusta por las fotos publicadas en instagram, pero no somos capaces de sentarnos a la mesa y vivir, como antaño, una reunión familiar que solamente contenga palabras y que sea un momento de compartir emociones y sentimientos, hemos perdido el norte en este aspecto.
Katia Bañuls – Lic. en Psicología

