El armario es más estrecho y difícil de abrir si eres LGTBI en lugares pequeños

A pesar de los avances legales, vivir en pueblos rurales o en ciudades pequeñas sigue siendo asfixiante para la mayoría de las personas de este colectivo, que tienden a huir del lugar en que se han criado para poder llevar una vida digna y libre.

A pesar de los grades avances en derechos LGTBI que se han producido en los últimos años, salir del armario no es una tarea sencilla para millones personas que viven en lugares pequeños. Grandes urbes como Madrid o Barcelona se han convertido en referentes de apertura hacia este colectivo, pero también en el lugar de destino de muchas personas que buscan aire. Que necesitan salir de su casa para poder encontrarse a sí mismas. Si el imaginario colectivo ve a las personas LGTBI llenando bares de ambiente en ciudades llenas de gente, la realidad es que los prejuicios y estereotipos siguen condenando a muchos al silencio, al armario y a tener que buscarse la vida en lugares alejados de donde crecieron. Un empeño que deja profundas secuelas. Los pueblos, las zonas rurales o las pequeñas ciudades son aún lugares difíciles para la mayoría de las personas LGTBI. La palabra más repetidas por casi todos los contactados para este pieza es la necesidad de «pasar desapercibidos».

«A los homosexuales nos han arruinado la infancia. No puede expresar mis sentimientos por miedo y siempre he estado rodeado de estereotipos heteronormativos. Por eso, muchas personas LGTBI buscamos poder irnos de pueblos o ciudades pequeñas a una ciudad grande en donde puedes pasar desapercibido y ser tu mismo», comenta a Público José Pedro Sageras. Cuando tenía 18 decidió salir de Coria, una ciudad pequeña de Cáceres (Extremadura), para venir a Madrid. «Eso fue una liberación, porque no iba a tener que seguir escondiéndome. Pero llevaba dos vidas paralelas», reconoce. «La de la gran ciudad y la del pueblo y por respeto a la gente no las mezclaba. ¿Pero y yo qué? Nunca me he sentido realmente yo en todo este proceso», comenta.

Nunca le dijo a su familia que era gay. De esas cosas no se hablaba. «No había una conversación fluida», reconoce. La escuela tampoco era un refugio, sino más bien todo lo contrario. «Cuando tenía como 12 o 13 años, coincidiendo con la pubertad, empiezo a darme cuenta que siento atracción por los chicos. Era algo nuevo. Esto fue por el año 95 o 96. Pero entonces en la escuela no te enseñaban nada de esto. Era un tema tabú. Así que todo lo vas descubriendo solo. La educación era heterormativa y yo me preguntaba qué me estaba pasando. No me ajustaba al canon de estudiar, echarte una novia, comprarte un piso, tener hijos… Y la verdad es que asustaba bastante. No conocía a nadie que fuera como yo me sentía y en medios no se hablaba de esto».

Estudió criminología y su ilusión era ser Guardia Civil, una profesión, confiesa, que es «meterse en aguas turbias, en la misma boca del lobo», porque se trata de instituciones que eran y siguen siendo a día de hoy machistas. En 2009 entró en el cuerpo y ahí empezó otra vuelta al armario. «Yo no soy muy amanerado, pero cuando estoy entre amigos puedo tener algún ramalazo. En mi trabajo tenía cuidado de cómo me sentaba, qué me ponía, de qué hablaba… Esquivaba o cambiaba de tema sobre qué haría en vacaciones o con quien».

Afirma que el proceso de encontrarse a sí mismo es duro y lleva tiempo. «desde hace tres años estoy en tratamiento psicológico trabajando esta parte mía laboral. Muchas personas LGTBI tenemos que sanarnos, sanar a ese niño que llevamos dentro y que ha sido maltratado porque no entiendes lo que te pasa. Hemos vividos distintas violencias, represiones, y todo eso sin herramientas. Mis padres tampoco las tenían. Esto te crea trastornos que te pueden arrasar la vida. Lo positivo es lo que he crecido por el camino, en lo que me he convertido», añade.

El año pasado «fue el boom», recuerda. La Guardia Civil decidió hacer una serie de vídeos para normalizar la diversidad. En el spot difundido por diversas redes sociales salía él. El anuncia preguntaba: «¿Es homosexual? ¿Es heterosexual? Es Guardia Civil» y José afirmaba: «y con mucho orgullo». Aún no es sencillo la vida en el cuerpo. Como afirma, sigue siendo un espacio machista, «igual que la sociedad, de la que es reflejo».

Necesitamos formación dentro. También es necesaria una educación desde la escuela. Las personas LGTBI no deberían tener que elegir irse de sus pueblos, de sus casas», concluye.

«Ser trans en un pueblo pequeño es más bien una tortura»
Elio es una persona trans que está a punto de cumplir los 18 y acaba de terminar los exámenes de la EBAU en Salamanca. ​Quiere estudiar comunicación audiovisual. Pero una de sus mayores preocupaciones es cómo integrarse en la Universidad. En el instituto reconoce que tenía algunos amigos afines con los que podía hablar y compartir experiencias. Pero que la etapa educativa ha sido dura. En en Villamayor, donde vivía (un pueblo de Salamanca de poco más de 7.000 habitantes) nunca salió del armario. Sólo con unos pocos amigos. El paso lo dio en Salamanca, donde ahora vive. «Ser trans en un pueblo pequeño es más bien una tortura».

«Para un trabajo del instituto llevé una bandera del colectivo LGTBI y algunos de mis compañeros me la quitaron y la querían quemar y hacían comentarios homófobos. Otros, en cambio, me dieron las gracias porque es más fácil aguantar lo que aguantas todos los días si hay alguien que te reivindica», explica. Afirma que para realizar el cambio su vida sería más fácil en una ciudad grande, donde pudiera pasar desapercibido

Su familia lo apoya, pero que para ellos fue un proceso duro asumir su condición y su cambio y aún lo sigue siendo. «Están con miedo y me dicen que me imagine que si me llego a arrepentir o si esto es algo pasajero. Les cuesta. Pero yo estoy seguro».

Los pasos para realizar el cambio tampoco son sencillo. Lleva un año en los trámites para hacer la transición y comenzar a hormonarse. «Me han hecho pruebas y pruebas. Muchas no se las han pasado entre los médicos, así que te las vuelven a repetir, también pruebas de salud mental. Creo que muchas son necesarias para asegurar que la hormonación no cause problemas en el organismo, pero otras sobran». El proceso lo inició en Salamanca y afirma que la forma de tratar a los pacientes trans es algo despectivo. «En algunas pruebas me preguntaban que cuál era mi enfermedad y me trataban como una chica». Aún no ha podido cambiar su nombre en los documentos. Tiene que hacer un trámite llevando testigos y esperar unos meses. El cambio de sexo aún no lo puede hacer. La ley actual exige dos años de tratamiento hormonal y un informe de disforia de género expedido por un médico. La ley trans que se comenzará a tramitar en el Parlamento, propone eliminar estos requisitos y que sólo baste la voluntad de la persona para cambiar el sexo registra. Pero aún necesitará un tiempo antes de ser aprobada.

Elio opina que la nueva ley es importante. «Alguna personas la critica por algo diferente a lo que en realidad es esta ley. Afirman que se va a aprovechar de esta facilidad, pero en realidad servirá para que dependas de cómo te ve otra gente».

Faltan referentes y educación. En primaria y en secundaria, explica, ponen el énfasis en el peligro de las drogas y la educación sexual está más bien orientada a heterosexuales y personas cisgénero. «De la sexualidad LGTBI no te hablan mucho, la verdad, y tienes que ponerte a investigar por tu cuenta».

Mercedes y Pilar no lo han tenido tan difícil. La primera afirma que es indispensable contar con el apoyo de familia y amigos a la hora de salir del armario y para llevar una vida plena siendo lesbiana. En su caso, tanto ella como su esposa, estaban mediando la cuarentena cuando se conocieron y se tiraron los tejos hace 23 años. Ya eran profesionales (Mercedes trabajó más de 30 años en el ayuntamiento de Salamanca y Pilar era enfermera) y cada una tenía casa y su independencia económica. «Hace 16 años nos hicimos una casa en pueblo de Salamanca. Es un pueblo que tiene 200 habitantes y es conocido por que es progresista y tiene una rica vida cultural. Como estamos jubiladas pasamos largas temporadas aquí. Elegimos este pueblo porque sabíamos que el nivel de tolerancia de la gente era mayor que en otros lugares», explica a Público por teléfono.

Sin embargo, Mercedes afirma «que aún queda mucho por hacer. Estamos cómodas, no se meten con nosotras, ni hemos tenido que sufrir comentarios incómodos y nos dejan vivir en paz. Sin embargo, en el último año hemos visto algunos comportamientos sutiles de machismo de baja intensidad, cosa que no nos había pasado hasta ahora. Comentarios despectivos, malas caras…» que achaca al auge de la extrema derecha Castilla y León.

«Lo achacamos al auge de Vox que está removiendo entretelas ancestrales en los señores. Es un mensaje de macho alfa, tóxico y no entiendo como la gente lo asume», comenta.

Describe a Salamanca como una de las provincias más reaccionarias y atrasadas del Estado «y los pueblos se llevan la palma, excepto en el que estamos, donde lleva más de 30 años ganando el PSOE», aunque prefiere no desvelar el nombre de la localidad.

Cuando se hicieron la casa, afirman que invitaron a gente de pueblo a conocerla y muchos estaban asombrados. «No hay ninguna otra pareja de mujeres en el pueblo, así que somos las únicas lesbianas reconocidas aquí». Entre los que vinieron estaban dos hermanas mayores. A una de ellas le pregunté que cómo veían que dos mujeres estuvieran casadas. Me contestó: No sé hija. Nosotras bien, en el pueblo es la primera vez. Pero lo han asumido sin traumas».

«No solemos ir de la mano ni darnos besos, pero es porque Pilar no quiere, vamos a distintos ritmos, pero no porque no podamos hacerlo en el pueblo», afirma. Anhela que espera que celebrar el Orgullo sea un día innecesario «porque eso significará que nuestra pareja no destaque con otras formas de amar». Aunque reconoce que muchas veces les ha pasado cosas por el machismo y el patriarcado, es decir por ser mujeres, no tanto por el hecho de ser lesbianas. «Si llamas a un profesional para que te arregle algo en casa, te trata con paternalismo y no te explica las cosas porque cree que no lo vas a entender. Si no hay un hombre en casa, te tratan de tontas directamente. Ahora, digo yo, el dinero con el que le pagamos no tiene nada de tonto».

Fuente: Marisa Kohan , PÚBLICO

Safor Press

Periódico Digital plural, libre. Defensor de los derechos humanos y fundamentales. Director: Ricardo Sánchez

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